Me disculpé con la IA (y al toque me arrepentí)
Escribe Martín Calvo
No recordaba el nombre de una canción. Ni el grupo, artista, o género musical. Sí parte del videoclip. Tenía la idea que era un intérprete inglés de los años 90. El video terminaba con gente besándose en la calle, eso lo tenía presente. Iba uno caminando, se chocaba con otro y se armaba una especie de cadena de besos.
Quería buscar esa canción para referenciarla en un posteo que hablaba de los besos. Como toda persona que transita esta era acudí a la IA para que me ayude a desentramar esta incógnita. A la par recurrí a una fuente humana.
Wasapee al Mosca, reconocido y galardonado abogado del sur santafesino. Amigo de la escuela ciclo completo con el que compartíamos gustos por la música. Él muy Rolling Stone antes que existan los rollingas (no da el perfil) y consumidor de música inglesa y MTV, como varios de nuestra generación.
A los dos, IA y el Mosca, les tiré la misma data que está al comienzo y los dos me respondieron parecido: “dame más contexto”.
La IA me fue tirando opciones bastantes valederas que podían ser la respuesta, pero no.
El Mosca también, incluso me hizo recordar grupos y artistas que hacía mucho no escuchaba como Cake o Pulp.
Ese primer día de búsqueda fue infructuoso. El post de los besos salió con otra cosa. Pero esas dudas tontas no resueltas quedan zumbando en la cabeza y unos días después le vuelvo a escribir al Mosca: “Ando como Gastón Pauls en Nueve Reinas preguntándole a la gente si no se acuerda la canción donde todos se besaban en el final del videoclip”.
Y ese olvidar y competir con otro que tampoco recuerda genera esa respuesta dilatada a la que nos hemos desacostumbrado, y, al menos yo, un poco añoro.
Una noche con amigos podía transcurrir buscando en la mente el nombre de un 4 que jugó en Vélez y Platense, y tres botellas de Palermo después gritar “¡Humberto Váttimos!” y festejar alocados. Hace rato que esas dudas se resuelven con mayor rapidez y menos interacción grupal.
Con el Mosca no tengo un contacto muy fluido ni cercano en estos tiempos. Compartimos grupos de Whats App de la escuela (uno amplio y otro más selecto) y a veces interactuamos por ahí. Es famoso por sus chinchulines trenzados y su capacidad de contar malos chistes.
En un momento del cruce de mensajes me tira “El diablo de tu corazón” de Fito Páez. No tiene casi ninguna de las características que ofrecí de contexto, pero veo el video y sí, era el buscado. Una canción violenta y esperanzadora en el caso de poder sacarse el diablo del corazón. Nota al margen: el video cuenta con una destacada actuación al comienzo de un extra de Todox2$ que cantaba la canción “Al billar mi amor”.
Pobre IA, pienso, nunca lo iba a descifrar, le di información errónea. Pero al Mosca también, y él me logró interpretar.
Ese pedido de “más contexto” por el lado de la IA no lo pude incrementar. Pero con el Mosca ese contexto ya estaba intrínseco en la cantidad de horas compartidas en el colegio, en su casa con la colección más hermosa de Playmovil que alguien pudiera tener y compartir. En los tres platos de mostacholes con crema que alguna vez almorcé en su casa ante la sorpresa de Mónica (su mamá), que le trasmitió a mi vieja cómo había comido gustoso ese plato, lo que llevó a que mi vieja durante años comprara esos fideos para que almorcemos los jueves ininterrumpidamente por años hasta que logré la ansiada independencia y nunca más los volví a probar. Ese amor de madre que asfixia. Muchas vueltas compartidas en el 138/139 a la salida de la escuela y demás, eran el contexto que posibilitó que lleguemos a la respuesta correcta.
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Hay una falla en el chip de la memoria, en un principio pienso que por falta de práctica. Pero luego mi yo paranoico rasca hasta creer encontrar planes maquiavélicos detrás de esa falencia.
En una época, cuando laburaba en la FM Tango de Rosario y pasaba seis horas diarias como operador de radio escuchando tangos y ordenando carpetas de MP3, había desarrollado una gran capacidad para recordar los nombres de los autores de los tangos. Como gracia entre quienes merodeaban la radio, cuando fuera de contexto se pronunciaba el nombre de un tango acotaba los autores de dicho tango. Por ejemplo, se estaba hablando de fútbol y alguien decía “Maradona es muy pasional”, entonces yo señalaba de Caldara y Soto. El registro que tenía en mi memoria de ese tipo de información inútil era tan amplia que mis acotaciones eran casi permanentes levantando las risotadas de los interlocutores, que a veces googleban para ver si era cierto lo que decía.
Ya fuera de la radio y sin el habitual entrenamiento (maldita palabra), los nombres de los tangos y sus autores se fueron desvaneciendo de la memoria superficial y se hundieron en algún submundo de la mente. Han quedado escondidos por algún lado, lo que es mejor a que no hayan estado nunca. Ya veremos si en algunos skrolleos logro explicarles esto último. Esa capacidad adquirida murió porque la gracia del chiste era en ese contexto de la radio, con el Mono, la Frete, Jorgito Prieto y hasta el sorete de Kiki.
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Hay un concepto que me quedó girando en la cabeza que tiene que ver con el perdón y la importancia de la rapidez para pedir disculpas. Re elaboro un poco la idea porque no tengo certezas de dónde lo saqué para poder referenciarlo con exactitud.
La cosa es que al parecer hay que ser veloz en disculparse para que esa equivocación no se enquiste y se termine transformando en los cimientos de una falsa razón. Si al error le damos tiempo va a encontrar vericuetos para justificarse y chau. Convengamos que a los errores no les agrada su condición y, enarbolados en el orgullo, buscan resistir y transformarse en un acierto.
Para que eso no suceda, y frente a la revelación de que el tema que buscaba no coincidía con el contexto que le había pasado a la IA, volví a ella y me excusé. Pero a la vez la quise poner a prueba. Me puse a jugar con su memoria.
Le fui proveyendo información más fehaciente sobre la canción e intérprete. Pero sus respuestas seguían siendo equivocadas. Fui cerrando el círculo, pero nada. Sólo cuando le dije que el tema era de Fito Páez y que estaba en el disco “Rey Sol” dio la respuesta correcta. Un fiasco la IA. Me arrepentí de disculparme.
Ese mismo día le solicité que me genere una imagen para otro posteo. “Crea una imagen que sea el número 2024 hecho con materia fecal sobre la vereda. Y el número 4 tenga la marca de haber sido pisado por una zapatilla”. La referencia era una burda copia de una obra del artista visual Suckertom que había creado esa imagen para el 2020 y 2021.
“No puedo generar imágenes que incluyan contenido gráfico inapropiado o (sic) ofensivo como el que describes”, me dijo. Y otras tantas huevadas embebidas de una moralina espantosa. Así que resulta que la IA tiene moral. ¿Será también católica, apostólica y romana? ¿Cómo podemos confiar en una herramienta que filtra sus respuestas por la moral? ¿Qué moral? ¿A quiénes se ofende? Seguramente existe una deep IA donde se puede hacer cualquiera, pero ahí no llegamos todos.
Dicen que la herramienta es buena, que hay que “entrenarla”, y ahí me broto.
Vivimos la era del entrenamiento (del cuerpo, la mente, la IA), el fucking coach. Pero en ese fortalecimiento de la no sé qué, se va dejando fuera de estado a la memoria. ¿Para qué recordar si todo lo que necesitás saber está a sólo a un “Hey Google…” de distancia? Hay que vivir el presente, visualizar con deseo el futuro y cagarse en el pasado.
Esas cookies que aceptas cada vez que ingresás a un portal son tu nueva memoria, ese al que llaman “algoritmo” también. Pero una cosa era aquella memoria de la época en que las ciudades estaban habitadas por ciudadanos, diferente a la de los consumidores que hoy esquivan baches en la urbe. Y esa nueva memoria, almacenada en algún drive, juega a favor del híper consumo. Que no es sólo de cosas, objetos o experiencias. Nos estamos comiendo a nosotros mismos. Caníbales digitales, subidos a la mesada ad honorem para que otros se sirvan, nos juzguen y nos despedacen. El capitalismo es perfecto e indestructible. Damos todo y gratis, la famosa consumición sin cargo. Pero no resignarse, a chillar y guardarse el silencio para cuando estemos muertos.
La disponibilidad de acceso permanente a la información hace que ya no retengamos nada. Ni nombres de calles, números de teléfonos, libros, canciones, películas. La pantalla es el árbol que tapa el bosque.
A muy corta edad en Rosario sabía de memoria los nombres de las calles que iban de Bv. Seguí al río y de Esmeralda a Av. Francia. Un largo trecho por las calles en las que me movía habitualmente. A pie, colectivo o en el auto familiar. Una lección aprendida de mirar por la ventanilla y leer los carteles con las denominaciones de cada traza. La sonrisa de los adultos cuando recitaba “San Luis, San Juan, La Pioja, Córdoba”, porque una intervención picaresca a la altura de Pueyrredón en el cruce con La Rioja, convertía a esa provincia en “La Pioja”. Una fake news callejera que yo repetía como verdad.
Hoy ya no observamos por la ventanilla. La mirada siempre a la pantalla, y de allí a otra realidad filtrada, muy diferente de la que se puede ver en el paisaje que nos rodea. ¿Recordás algún reel de los que viste esta mañana? El acceso y bombardeo permanente hace que no sea necesario retener más la información. Lo escucho todo el tiempo como respuesta, “pará que se lo pregunto al chat”.
No deja de ser paradójico que a la falta de memoria se la relacione con la paja. Ojo, nada que recriminarle a la masturbación, todo lo contrario. Pero sí a la “paja” tomada como acto individual, de autogestión, de hágalo usted mismo, de sólo podés, de todo depende de vos y toda esa zaraza que pulula por las redes antisociales. Dejen de querer sanar que están enfermando a todos.
Esa necesidad narcisista de ser reconocidos por algo, aunque sea por un diagnóstico. Laboratorios felices con su generación diagnosticada, generación ansiosa de pertenecer a alguna minoría (la que sea) para obtener cierto reconocimiento y lograr diferenciarse de los demás. Y miles de hijos de la higiene, gestados sin sudor, sin el roce de los pupos. Paja, tubito, freezer, jeringa, óvulo y semen finamente seleccionados, gestación hiper monitoreada, cesárea, Mirko. Empujar el deseo más allá de lo posible, pero vos podés. Depende de vos. Esfuérzate un poco más.
Invito a resistir a la muerte de la memoria propia, la compartida. Escribir un diario como acto de rebeldía. Armar álbumes de fotos, digitales claro, etiquetarlos, ordenarlos por año, por evento. No vaciar aún la papelera de reciclaje. Priorizar tener una memoria propia. No tirar todo, aunque el monoambiente no dé para mucho. Basta de soltar tanto que se van a caer, de algo hay que agarrarse. Es valiosa la memoria, Google te ofrece todo el tiempo ampliarla por unos pocos dólares.
IMAGEN DE INICIO GENERADA POR IA