Nostalgia, tango y Perón
Por Martín Calvo
Haber nacido el mismo día que el uruguayo Carlos Gardel y Julio De Caro me permite hablar de tango con total impunidad. Irrumpir en el mundo el Día del Tango me genera un escudo protector para poder disparar bombas sin filtro sobre el género, al menos así lo autopercibo. Y en la era de la autopercepción con eso ya es suficiente.
Mi abuela Anita, tanguera y peronista, me llamaba “Mi Carlitos Romualdo”, en referencia al cantor nacido en Tacuarembó (continúa el cronista provocando sin sentido a los tradicionalistas del gotán). Si Anita viviera, el otro día hubiese ido conmigo a ver el espectáculo “Nostalgias eran las de antes” del rosarino Mauro “Cachorro” González en La Salita de Perón. O sea, tango y Perón, dos de sus grandes pasiones. Y Rosario, la ciudad que me recibió aquel día del tango del 80.
Por algún vericueto sanguíneo me llegó su amor por la música ciudadana, pero el ADN peronista debe haberse desvanecido en la humanidad gorilesca de madre. Deseo ser peronista, pero no termino de lograrlo. Tal vez porque es un deseo que no viene desde la tierna infancia, sino algo más adquirido en la primera juventud. Desandar catorce años de educación católica, apostólica, romana, opusdeística, rodeado de varones, curas, un compañero cuyo padrino era Videla por ser séptimo hijo varón, y otras cuestiones habrán construido cierta coraza antipopular que de a poco se ha ido agrietando, pero no termina de caer.
El libro de las diatribas es una edición hermosa de Vinilo Editora. Reúne autores de diversas disciplinas que cuestionan diferentes tópicos. La docente, periodista y escritora Tamara Tenenbaum hace su ensayo contra la nostalgia. La diatriba no es un regaño sereno, es un escrito violento. A términos raperos de hoy, sería una especie de tiradera contra algo o alguien. En el texto, Tenembaum afirma que aquellos que no tuvieron una infancia feliz, detestan la nostalgia ya que la misma se funda en la niñez y la adolescencia. Y ellos, no tienen nada que extrañar.
Creo que, pese a todo, mis primeros años de marcas estuvieron bastante bien. Razón por la cual la fucking nostalgia aparece con fuerza en los últimos tiempos. Como también afirma Tenembaum en ese ensayo titulado “Nada que extrañar”, la nostalgia es un sentimiento que se ha convertido en industria, aprovechándose de esa debilidad de los adultos por las cosas que les recuerdan tiempos más sencillos. Refiere especialmente al nostálgico (en género masculino), ya que los varones hemos perdido ciertos privilegios en manos de algunas (pocas) conquistas femeninas que hacen que recordemos que tiempos anteriores eran más simples.
No es un sentimiento que me caiga bien el de la nostalgia. Me embola pensar que lo pasado estuvo más bueno que lo actual, o de lo que vendrá. Anhelar sentimientos, sensaciones, lugares, amores, amistades de otros tiempos (lejanos y no tanto) se siente como un ancla.
De adolescente, cuando murió la otra abuela, de apellido Cámpora pero nada que ver con el tío Héctor, llevamos para casa un hermoso combinado y todos los discos que andaban dando vuelta. Los que habían sido de mi viejo (The Beatles, Creedeance, Pink Floyd, una banda de rock psicodélico llamada Rumplestiltskin que sonaba bárbara), y otros más viejos, entre los que había una colección de tango de la Reader’s Digest. Una caja con diez discos con canciones de diferentes intérpretes. Una hermosura. Los escuché un montón de veces, prefiriendo en ese momento los temas de Edmundo Rivero y Julio Sosa.
¿Qué lleva a un adolescente a escuchar tangos en los ‘90? ¿A dormirse por la noche sintonizando la FM Tango y despertarse con la voz del Dr. Vicente Luis Cuñado preludiando los tangos de Amalevi que salían por la madrugada? Creo que cierto espíritu perdedor, amo las historias de los que pierden. Ahí tal vez también resida mi dificultad de dejarme llevar por el espíritu triunfal del peronismo. La V de la Victoria no me convoca. Más cómodo es jugar en el equipo perdedor, en el que no tiene presiones. Estar en el conjunto ganador conlleva responsabilidades, a los que perdemos nos alcanza con darnos consuelo.
Se hizo largo, pienso al escribir. Pero te metés con temas tan amplios como la nostalgia, el tango y Perón que imposible que la cosa no se extienda. Temas amplios y tan contradictorios. Qué lindas son las contradicciones, son el plato más rico. ¿Qué haríamos sin las contradicciones? Se hizo, largo. Y encima sumás un párrafo para decir que se hizo largo.
Ese vínculo de nacimiento con el tango tuvo un capítulo en 2006 cuando entré a laburar en la FM Tango de Rosario. Ocupé un lugar como operador en el turno de la tarde/noche y luego creé el programa “Respira Bandoneón” donde difundía los tangos nuevos y obtuve un amplio rechazo de la audiencia. Un triunfazo. Conservo una gran cantidad de mensajes grabados en el contestador automático de la radio. Guardar y revisar cada tanto es propio de la nostalgia. Luego de que me echaran de la radio retomé el programa aquí en Paraná en la FM Cualquiera, pero, para mi sorpresa, aquí gustó. Y extrañé el rechazo.
Es cierto, el que pierde está más cómodo, pero obvio que sufre. “Jesús, bajate de la cruz”, me decía Jorge Prieto, conductor del programa “Ventaja Mínima” de la FM Tango de Rosario e intérprete de una de las mejores versiones del tango “Que falta que me hacés”. No sé qué postura de sufrimiento tendría, pero Jorge pescaba que era cuestión de bajarse de la cruz y listo. Ese programa salía todos los días, con los resultados de la quiniela y de las carreras de caballo. Una hora de escolazo, burros y tangos. En una época era la última emisión de mi turno, así que salíamos juntos con Jorge y me llevaba a casa en su Ford Falcon desvencijado que mantenía blanco como su cabellera a fuerza de brocha y látex.
Una vuelta para un día del tango (y mi cumpleaños), me estaba llevando a casa tras dejar al Mono Marzano, histórico operador de la radio y compañero del mate cocido de las 20, y el Falcon dijo basta en Ituzaingó y Mitre, frente a la Plaza Libertad. Si no conocen Rosario y esa zona particular en esa época, era un foco de la oferta sexual en la ciudad. Calle Mitre, históricamente en su largo recorrido, era de la prostitución. Con el empuje de dos compañeras travestis logramos volver a poner en marcha el Falcon y retorné a casa a recibir mi cuota de amor.
Eso de que el tango te espera en mi caso no hizo falta. Me llevó puesto desde el primer llanto. Cada tanto lo dejo ir, es cierto, pero porque sé que está allí cuando lo necesito. Y el otro día, en una recaída fuerte de nostalgia, fui a verlo a “Cachorro” González en La Salita de Perón. No sólo por su espectáculo “Nostalgias eran las de antes”, sino porque a Cachorro lo había visto en otra de sus chambas hace mucho tiempo en las escalinatas del Parque España. Con mi hijo mayor y su madre nos topamos con el espectáculo “La banda de las narices rojas” que llevaban adelante “El Maestro”, interpretado por Cachorro, junto a “Casimiro” y “Corneto” que ya no respiran estos aires. Del show nos llevamos un CD que vendían luego de la gorra y que fue la banda de sonido de varios años en el auto familiar. Debajo la foto de Cachorro, este cronista, y el mencionado CD.
Fui el miércoles a ver a Cachorro para reencontrarme con “La banda de las narices rojas”, con esa tarde en familia en el Parque España, con los pedidos, una y otra vez, de aquel pequeño solicitando la canción de Corneto en la plaza. Hice trampa, me hice trampa.
Ahora, ¿qué hacemos con todas esas memorias que acosan día a día? ¿Intentar borrarlas de un saque? ¿Querer replicar las condiciones en las que se dieron para ver si repetimos la misma sensación?
Tenembaum cierra su ensayo relatando que en su casa los domingos su madre hacía una comida que llamaba “comé y callate”, en la que juntaba las sobras de la semana y generaba una nueva creación que estaba prohibido preguntar de qué estaba hecha.
Y con aquello que nos genera nostalgia tal vez habría que hacer algo parecido. Meterlo en la minipimer, procesarlo bien, tragarlo sin mirar, metabolizarlo y darle una nueva vida.