Krasznahorkai. Un discurso sin ángeles pero con alas
Escribe Ester Brafa
"Damas y Caballeros, al recibir el Premio Nobel 2025, originalmente deseaba compartir con ustedes mis pensamientos sobre la esperanza, pero como mis reservas de esperanza se han agotado definitivamente, ahora hablaré sobre los ángeles."
Así comienza Laszlo Krasznahorkai su discurso de recepción del galardón, hace apenas unos días.
Y entonces sentí que ofrecía una invitación a viajar por un paisaje apocalíptico donde nunca desaparece del todo una luz.
Los ángeles sobre los que decide hablar no son aquellos que usaban túnicas ni traían mensajes, o escondían susurros entre sus alas. Nada de eso, en nada parecidos a los de Miguel Ángel, Leonardo o Fra Angélico. El escritor se refiere a otros ángeles que tampoco se sabe de dónde vienen porque tal vez ya no hay un “arriba”, ahora hay un nuevo orden del tiempo y del espacio en las "estructuras insanas de los Elon Musk de este mundo ".
No tienen alas pero están ante nosotros, no dicen nada, nos miran, sugiere que tal vez esperan que nosotros digamos algo. Y Krasznahorkai nos deja en un paisaje mudo y a la vez, de una elocuencia arrasadora. Al llegar a este punto del discurso recordé la escena de Ulises atado al mástil de la nave y escuchando el canto de las sirenas. Entre el misterio de lo que dice el canto y el temor a entregarse. ¿Será eso lo que ocurre entre los ángeles y nosotros?
Aquellos ángeles de las pinturas de la Anunciación que traían el mensaje de un nacimiento ahora no tienen mensajes y nosotros tampoco tenemos preguntas.
El escritor continúa su discurso recorriendo la aventura humana desde la rueda y el fuego, el milagro del lenguaje y la escritura, la conquista , la separación en creencias, los roles, los viajes, el saqueo de cuanto se podía saquear, la belleza de Bach. Todo eso y más en un tiempo en el cual es posible hundirse en la llanura o en Marte.
En la última parte nos cuenta una experiencia vivida en una estación en Berlín donde un mendigo orina sobre las vías y lo hace con visible dolor, gota a gota, mientras desde el andén contrario un policía lo observa, amenazante. Uno que huye, el otro que persigue. Y nuestro autor que sigue su viaje en tren sin poder olvidar la escena mientras se pregunta cómo será la revuelta final.
El discurso de Laszlo Krasznahorkai no tiene la ternura de Saramago que comenzó diciendo que el hombre más sabio que había conocido era un campesino que no sabía leer ni escribir, su abuelo. Tampoco tiene la audacia de las palabras de García Márquez que narró en su discurso “el tamaño de nuestra soledad”. En este caso, el escritor galardonado dedica a hacer con sus palabras algo desconocido, leer esos signos inscriptos en nuestros huesos que no nos atrevíamos a escuchar.
No conozco una sola palabra en húngaro pero al leer su discurso puedo sentir una intemperie y una música familiar.
Por eso, gracias “Lalo”, como diríamos en Argentina.