Hasta que los leemos
Escribe Ester Brafa
Los libros: signos, letras, palabras que no son nada.
Hasta que los leemos. Entonces son únicos, se visten, se tocan con el de ayer y con el que leeremos mañana, se complotan con nuestra vida, se quedan solos y punto. Se prenden fuego y ardemos o estallan en un párrafo y nos traducen.
Todo empezó con la A, Alfa y Beta que un día se lanzaron a rodar hasta el infinito.
Apareció la D como alguien imprescindible, Dudar para poder saber.
La M es de cuidado, igual que nuestra Memoria que sube y baja.
La Q sea tal vez la letra más importante del alfabeto, con ella podemos preguntar Qué es el conocimiento o Quién tiene el poder.
La S es sin duda la más seductora, tiene las curvas y movimientos propios del Saber.
La T que parece un palito inofensivo nos marca el Tiempo de afuera y ese otro desconocido adonde nos lleva un libro.
Y con las letras se van armando historias que se cruzan con las nuestras.
Nos cruzamos con el Jean Valijean de Los Miserables y supimos lo que hace la adversidad con un adolescente que roba un pedazo de pan. (Gracias Víctor Hugo)
Con Florentino Ariza y Fermina Daza conocimos que el amor no sabe nada del tiempo ni del cólera. (Gracias García Márquez)
Con Penélope y sus criadas conocimos el palacio mientras espiamos a los dioses divertirse con los humanos. (Gracias Margaret Atwood)
Con un Caín condenado nos atrevimos a pensar si en verdad él y su hermano Abel pudieron elegir. (Gracias Saramago)
Con Anna Karenina visitamos San Petersburgo y supimos que un corazón de la aristocracia puede terminar en las vías del tren. (Gracias Tolstoi)
Cada uno hará su recorrido de títulos y personajes y comprenderá el tesoro que posee. Los gobiernos podrán arrebatar derechos, despojar bienes, vaciar las palabras. Jamás podrán quitarnos lo que hemos leído.
