Vienen por la copa de vino
Escribe: Martín Calvo
Este jueves quedó inaugurado el Centro Experimental de Arte Contemporáneo Aura, en la Sala Manuel Antequeda (Alameda de la Federación 557). “Se trata de una iniciativa de la Secretaría de Cultura de la provincia con el propósito de fortalecer y desarrollar proyectos expositivos de artes visuales de carácter multidisciplinario, que puedan plantearse como laboratorios de experimentación apuntando directamente a incentivar la participación de artistas emergentes de Entre Ríos” (copy y paste de la gacetilla oficial).
Lo primero al llegar es encontrar la puerta cerrada, bah, al menos la puerta que estaba instalada por costumbre como ingreso a la Sala Antequeda ya no funcionaría como tal. Quienes convocan al evento se encuentran en las escalinatas de la secundaria de la Escuela Centenario como alumnos de 6º año en el U.U.D. (Último Último Día) a la espera que la vicedirectora corra la reja y los deje pasar. Están en mejor estado que los alumnos, aún no ha corrido el malbec.
Retomando cuestiones prácticas, el ingreso a Aura está pegado a la entrada de la escuela secundaria. Si venís por Alameda yendo de Marchetta hasta Grido, lo ves. Una reja intervenida con un triángulo tipo Bill de Gravity Falls. Ahora, si hacés el camino inverso, pasás de largo salvo que gires bruscamente el cuello a la derecha al pasar frente a la escuela.
Confieso que no tengo capacidades técnicas para escribir, ni hablar de lo que llaman artes visuales contemporáneas, ni extemporáneas tampoco. Y mucho menos sensibilidad. Hace 10 años que intento llorar y no lo logro. Pero le guardo un profundo respeto y admiración a esta forma de expresión. Es una disciplina que va en contra del vértigo. Cuando todes van a mil por la autopista, las artes visuales se desplazan contemplativas sobre el empedrado. Realizan, creo, otro recorrido, alejado del que marca el GPS como mejor camino (la experiencia Uber Driver comienza a alterar mi vocabulario).
De alguna manera es como materializar el tiempo. Y detenerlo. Una vez ¿finalizada? la obra llega el momento de la exposición, de la mirada de terceros. ¿Cuándo termina la contemplación de una obra visual? ¿Qué momento prudente hay que estar observando un objeto hasta pasar al siguiente? Repito, ignorancia e insensibilidad total de quien escribe. La peli arranca con el león de la Metro y termina cuando la pantalla se pone en negro y vienen las letritas. La función de teatro desde que se da sala hasta que alguien se da cuenta que terminó y empieza a aplaudir. El arte visual desafía al tiempo, no hay orden, ni principio, ni fin.
Se da inicio al acto inaugural en tiempo y forma, no hay que esperar a nadie. Hablan Julián Stoppello, Secretario de Cultura, Julia Acosta, Coordinadora del Museo de Bellas Artes, y las artistas invitadas para la exhibición inaugural Noelia Fries y Marcia Baigorria. Los primeros dos dan cuenta del proceso de reutilización del espacio y de la convocatoria para la programación 2025 de Aura. Las artistas agradecen el llamado y dan cuenta brevemente del proceso creativo de sus obras. En realidad, esto un poco lo escuché y otro tanto lo intuyo. Quedé ubicado debajo de un potente aire acondicionado que me complicó la escucha, pero seguramente las palabras anduvieron más o menos por ahí.
Hay una bocha de gente. No tengo contacto habitual con artistas visuales pero los reconozco, son muchos los que asisten. Los pincho a unos teatreros queridos que también forman parte del evento y les digo que los artistas visuales sí acompañan los trabajos de sus colegas, a diferencia de los teatreros que no ven a sus pares. El gremio de las artes escénicas salta al cuello y argumentan que la actividad teatral es más intensa y en un mismo día se superponen varias propuestas, y eso dificulta poder estar en todos lados. Le doy crédito al argumento y une remata entre risas regalándome el título: “Aparte, vienen por la copa de vino”.
La inauguración es un hecho social, reunirse es una celebración. Hoy considero que eso es más importante que cualquier obra. Codearse con gente del palo, y la que no, criticar, chusmear, reírse, estar. Todos, en distintos niveles, la estamos pasando bastante para el orto, y encontrarse de alguna manera es una forma de sanar. “Si no vas a empezar terapia, por lo menos escribí”, me dijo mi hermana. Bueno, tal vez estas crónicas sean terapéuticas, hasta que Rolón me haga un lugar en su diván y me ayude a resolver cositas.
Lo que rompe mi insensibilidad y demuestra que aún no estoy tan muerto, es ver la emoción de la gente que habita el espacio en la cotidianidad y que transitó el día a día de la construcción de la propuesta, los que interactuaron con la cosa física del cambio. En la Sala Antequeda funciona el área de comunicación de la Secretaría de Cultura de la provincia. Ahí veo a un gurí (llamaremos gurí a todo aquel que no empilcha tan bien como un asesor y sus ingresos están por debajo de la canasta básica), desplazarse sigilosamente por entre los asistentes con un trapo de piso a quitar restos de vino del suelo (esperemos que del suelo y no de alguna de las obras). También las chicas de diseño y comunicación resolviendo rápido un cartel para los despistados como yo que quieren entrar por el medio de la muestra. Siento que uno se adueña de un lugar cuando le dan ganas de barrerlo, y percibo esa sensación entre quienes habitan el lugar en la diaria. A ellos los veo disfrutar sinceramente del instante. Incluso cuando en el momento de mayor celebración, que es este de la inauguración, se les llenó el boliche de inescrupulosos tomadores de vino.